27/09/2011

Meeting James O'barr







Taking into account this is my Spanish written, literature blog, this post is a little bit off topic.

I met James O'Barr a few days ago.

James O'Barr, for those of you who don't know his name, is the author of the comic The Crow. Probably all of you have seen at least the first movie based on the book, featuring Brandon Lee, son of Bruce Lee.

James is a middle-aged man who wears army boots, jeans, average T-shirts and a cap that he never takes off, even if there's a camera recording. James looks just like anybody else looks. When James is not talking to someone, he just sits and draws.

I interviewed James. He is someone who does not only answer politely to your questions, he stays afterwards for some small talk. This is what I knew about him.

James O'Barr was an orphan in Detroit, and he was raised on the foster care system. He was adopted. He started drawing when he was 3-4 years old, and hasn't stopped ever since. When he was 18, his fiancée was killed by a drunk driver and he joined the military. He came up with the story for The Crow after reading an article about a couple who was killed over a 20 dollar engagement ring. He needed to vent his pain an anger over Beverly's death, so he started to draw the comic book. It was useless. Page after page he was sadder and angrier.

The Crow was made into a movie. Brandon Lee, who James appreciated greatly, was killed. The nightmare started all over.

So far, you can read that in Wikipedia.

It was only a few years ago when he finally reached something called closure. This, you can find it on Youtube.

All of this, you might think, is not something you admire someone for. You are right. This is what I learnt from James O'Barr.

James is someone you can talk to. He will talk to you if you talk to him. He will make jokes, he will give his opinion, and it doesn't matter if you're probably not going to see him ever again, he will be nice to you. He does not talk to you like he's on some sort of pedestal. He is humble, and polite, and thankful if you give him some conversation.

James is hardworking. For over 20 years, he has spent 16 hours a day working, drawing, painting. He only sleeps four hours a day. He is persevering too. He thinks that you will only achieve the desired results if you don't stop trying.

James is curious. Even though his works —full of romance and violence— are dark, he does Monet-inspired oil paintings so full of colour. He will experiment with new techniques (with a 10 dollar oil paint beginner set), he will try to learn as much as he can from something. He is also not afraid to make mistakes, to fail, like some other artist are. Did this go wrong? Then let's start over!

James is old-fashioned. James does not use any kind of digital techniques because, at the end of the day, it is your own skill that counts. He likes doing all the boring work that Photoshop might do for an artist. James does not believe in computers, either. He is totally against what some people call 'free culture'.

James is charitable. He has donated the money from the royalties of The Crow movies to orphanages, just because he did not know what to do with so much money.

James has many projects that will come up soon. One is Sundown, a full colour Western that he has been working on for ten years now. It will be soon released in print and digital format.

He is also working on a dark story set in the 40's. I have seen some of the artwork and it's really amazing.

There is some new stories based on The Crow that will be published soon.

He wants to make some WWII short stories, because his dad participated in it. He also wants to draw a children's book someday, no kidding.

I hardly ever say this, but I admire James O'Barr. And I admire him because I met him.

Guys, buy his work. He is worth it.



26/07/2011

Prueba de mi amor hacia Lucía

Ese día, otra vez más, sus oídos recibieron con cansancio el sonido de la llave contra la cerradura. Se acercaba el verano y todavía era de día cuando cerró la puerta tras de sí. Las cortinas filtraban una luz amarillenta, que iluminaba la ligera capa de polvo que cubría los muebles de la casa. Hacía sólo dos días que había limpiado, pero cada vez parecía que ese acto tenía lugar más a menudo y le llevaba más tiempo. Dejó las llaves en la cómoda oscura de la entrada.

Se desabrochó la corbata, pues sabía que, si no lo hacía, pasaría lo que quedaba de tarde con el traje puesto. Era consciente de que, en unos minutos, a no ser que comenzara a hacer algo importante, el cansancio le embargaría y pasaría la noche en blanco, mirando sin ver la televisión. Se quitó la chaqueta beige y la colgó en el perchero, junto con la corbata. Acababa de desabotonarse el cuello de la camisa cuando tocaron al timbre. No esperando ninguna visita, observó por la mirilla a una mujer con uniforme azul. Abrió la puerta.

- Buenas tardes. ¿Es usted... —miró con atención un sobre grande— don Pedro García?

- Sí, soy yo.

- Por favor, firme aquí. —le tendió un resguardo y señaló con el dedo un espacio en blanco.— Ponga también su DNI, por favor.

Entrecerró ligeramente los ojos, lo que acentuó las arrugas y las bolsas de debajo de sus párpados, antes de tomar el bolígrafo que se le ofrecía y garabatear unos dígitos y una firma. Comenzó a abrir el paquete antes de cerrar la puerta. Rasgó el sobre marrón y le dio la vuelta sobre una de sus manos. Escuchó el ruido familiar del papel deslizándose contra el papel. Un libro, ni fino ni grueso, cayó sobre su mano izquierda. Estaba encuadernado en tapa blanda. Leyó con atención la contraportada, y le dio la vuelta, incrédulo. La portada, de un azul mate, rezaba: Quimera, Pedro García. Lo abrió. La fecha de publicación era del año 2013. Una carcajada se escapó de su garganta y se quebró a medias. Era el día 22 de junio de 2011. En la página siguiente había una nota manuscrita: «Esto es un mensaje del futuro. Lee la novela. Una vez la hayas terminado, ciérrala para siempre y escríbela. Te aseguro que para el año 2013 será todo un éxito». Y debajo, su firma. La misma que hacía escasos segundos se había llevado la mensajera en un resguardo. Con expectación y el corazón golpeando en su garganta pasó la página y comenzó a leer palabras conocidas, memorizadas. Era su novela. Su novela.

Cuando era joven quiso ser escritor. Aquella era una ilusión que había alimentado sus fantasías de adolescente y de joven. Escribía siempre que podía. Incluso había tenido algún admirador en la universidad. La mujer de su vida —su primer y gran amor, la primera joven hermosa y perfecta que había caído tímidamente en sus brazos—, de hecho, se había acercado a él para hablar de un texto de su autoría. Se enamoraron. Meses después de comenzar a salir hicieron el amor. Elena se quedó embarazada. Se casaron por lo civil. Era el año 1989.

Mientras observaba crecer el vientre de su esposa escribió el argumento de su novela, que pensaba dedicar al retoño que se avecinaba —que se llamaría Pedro, como él, porque aunque odiaba llamarse Pedro como su padre su hijo era la alegría de su vida, sangre de su sangre. Pedro, que ahora rondaba la edad que él había tenido cuando conoció a Elena, que amaba escribir y que estudiaba Periodismo. Pedro, que era un reflejo tan doloroso de su juventud que ya podía ver su futuro, fracasado como su presente—. Cuando nació su hijo se sintió feliz, completo. Aún encontraba algún hueco fortuito para escribir la novela. Cuando Pedró había cumplido 5 años, la novela —que avanzaba hasta el momento de forma lenta pero segura— sufrió una súbita detención. Se había encontrado con problemas argumentales que no sabía solucionar, se había bloqueado. Su vida también atravesaba problemas argumentales, y tampoco supo reaccionar. El noveno cumpleaños de Pedro se celebró en otra casa y en otra ciudad. Elena y él se habían separado.

Guardaba el manuscrito incompleto de la novela debajo de la cama. Fue hasta su cuarto y sacó la caja que lo contenía. Allí dentro, en hojas de papel amarillento y polvoriento, se encontraban las palabras que él, tras la partida de Elena y Pedro, había tecleado a máquina como último esfuerzo por intentar recuperar lo que había perdido. Comparó ambos textos. Eran, hasta la mitad del libro, idénticos, solo que el libro continuaba describiendo las partes que él nunca había concluido.

Comenzó a leer ávidamente desde la primera página. Juzgó, desde su madurez —desde su perdida candidez— sus propias palabras. Descubrió grandes giros de guión, expresiones manidas, reacciones poco creíbles. Conforme se adentraba en lo desconocido —esas palabras que había planeado pero que nunca había escrito y que, sin embargo, allí estaban entre sus manos— le invadió una mezcla agridulce de descontento y euforia. Cuando terminó el libro, lo cerró y lo depositó, algo maltratado, sobre la mesilla de noche. Miró al techo durante unos segundos antes de que los ojos se le cerraran, y su último pensamiento fue: «Tengo que cambiarlo».

Al día siguiente, cuando volvió del trabajo, el libro no estaba. Durante un momento creyó haberse vuelto loco, pero la novela había dejado una huella en la fina capa de polvo del mueble. También encontró un pequeño trozo del sobre marrón en el suelo del pasillo. Así supo que no se lo había imaginado.

Un par de días después recibió una llamada de su hijo. Pedro no solía llamarle.

- Hola papá. No es muy tarde, ¿no?

Estaba en pantalones cortos delante del viejo ordenador —que nunca solía encender—, con una taza de leche y unas gotas de café a su lado. Eran las once menos diez de la noche.

- En absoluto. Dime, Pedro.

- Necesitaría ir a Madrid unos días. Hay unas conferencias de periodismo... me preguntaba si podría quedarme en tu casa.

- Claro, pero estaré ocupado.

- No te preocupes, no rondaré mucho por la casa... llegaría el viernes a mediodía.

- Yo estaré trabajando. Tienes ahí tu copia de las llaves, ¿verdad?

- Sí, claro. Nos vemos, papá.

- Hasta el viernes.

Era cierto que Pedro apenas iba a pasar por casa. Casi no le vio el viernes ni el sábado. El domingo por la tarde, mientras se encontraba prácticamente en la misma postura que en los últimos días —escaso de ropa por el calor del verano, con algo de beber a su lado y tecleando sin parar frente a una pantalla brillante— levantó la mirada y se sorprendió al descubrir a su hijo apoyado contra la puerta del despacho, mirándole con el ceño arrugado y una media sonrisa ligeramente burlona.

- ¿Trabajando hasta tan tarde un domingo? No tienes remedio.

- No estoy trabajando, estoy escribiendo.

- No sabía que siguieras escribiendo. Es uno de los primeros recuerdos de la infancia que tengo, tú y tu máquina de escribir. ¿Es la misma novela?

- La he... retomado.

La media sonrisa de su hijo se ensanchó, no sin un deje de escepticismo.

- Me alegro.

- Y tú, ¿cuándo piensas dejarme leer algo de lo que escribes?

- Lo mío no son las novelas, papá, sino el periodismo. No sé si te interesaría —contestó él, despegándose de la puerta y girándose en dirección a su habitación.— Buenas noches.
Se contuvo de decirle algo.

- Buenas noches, Pedro.

El siete de febrero de 2012 terminó la novela. El diecinueve de junio —el día del cumpleaños de Pedro, un par de días antes del suyo propio— tenía un ejemplar entre las manos. La portada esta vez no era azul, sino verde y negra, y la dedicatoria rezaba: A mi hijo, sin duda mi mejor obra. Condujo varias horas con una sonrisa en la cara hasta llegar a la puerta de su casa, que compartía con su madre. Cuando tocó el timbre, oyó unos pasos apresurados que bajaban por la escaleras. Le abrió su hijo, que llevaba un sobre marrón en su mano izquierda. Parpadeó sorprendido al ver a su padre.

- Feliz cumpleaños. Este es mi regalo para ti.— preso de un ligero nerviosismo, le tendió la novela, que él tomó cuidadosamente mientras asomaba una sonrisa a su rostro.

- Gracias, es un poco pronto, pero... —le tendió el sobre marrón.— este es mi regalo para ti.

Metió la mano dentro del sobre y sacó un libro de conocida encuadernación azul mate. Su pulso tembló al abrirlo y descubrir que era el mismo de hacía un año.

- Feliz pre-cumpleaños, papá.

Clavó la mirada en los ojos de su hijo —marrones, como los suyos, pero definitivamente más brillantes— y, por primera vez en años, vio reflejado un futuro mejor en ellos. Un futuro mejor para los dos.

Ambos se echaron a reír, sin saber exactamente qué decir.

12/11/2010

Al otro lado del espejo


Ella no sabía que existía. Todos los días la miraba -se miraba- pero no sabía que estaba allí.

Por eso a veces, cuando creía que había pasado una mala noche y se miraba al espejo, se veía guapa. Por eso a veces, cuando todo el mundo insistía en que estaba preciosa, sólo veía sus imperfecciones. Por que no se estaba mirando. La persona que veía al otro lado del espejo no era su reflejo. Era ella.

Era una simple espectadora. No podía ser más que eso. Cuando no tenía que imitarla, simplemente la observaba. La observaba la mayor parte del tiempo.

Piensa con cuantas superficies reflectantes te tropiezas al día.


Espejos. Los espejos son el ejemplo más claro. En el cuarto de baño. En el dormitorio. En el coche. En los bares.


Cristales. Superficies metálicas. Mármol. Agua. En todas ellas, si te acercas lo suficiente, puedes apreciar tu reflejo, de una forma más o menos difusa. Algunas veces, cuando asomas tu mirada a alguna de estas superficies, te parece ver algo que no está ahí, una mueca que no has hecho. Eso es por que, a veces, no se esfuerzan en gesticular lo suficiente.

Lo curioso es que casi nadie siente inquietud al mirar a un espejo. Es una realidad tan asumida que, precisamente, lo que ves no es real. Es sólo una imitación, algo muerto.

Algo muerto.

¿De verdad?


La ha visto crecer. Ha tenido que amoldar su forma a la de ella conforme su edad iba avanzando. Ha tenido que modelarse a su imagen. Y la conoce. Mejor de lo que la conoce nadie. Ha estado allí durante las pesadillas, las lágrimas, las confesiones. En los momentos más íntimos.


Hay cosas que sabe de ella de las que ella misma no es consciente.


Por eso tiene que intentar llegar al otro lado. Porque hay cosas que ella desconoce.


Está en su dormitorio. Tiene un enorme espejo de cuerpo entero, las puertas del armario abierta y ropa encima de la cama. Tiene puesto unos vaqueros, un jersey ceñido y un gorro negro de lana sobre su cabello rubio que le dan un aspecto adorable. Se acerca al espejo con el pintalabios en la mano. Abre la boca para poder extender el carmín uniformemente.

En ese momento, duda. Tiene que hacérselo saber de alguna forma.

Pero la duda puede, y abre la boca, y se extiende el carmín con la mano derecha igual que ella. También se pinta las pestañas de un tono demasiado oscuro para su color de cabello.

Y en ese momento, llaman a la puerta. Ella le da la espalda, y, recogiendo apresuradamente la ropa de la cama, la mete en el armario de un puñado. Acto seguido, mete su cartera en el bolso.

Ella la observa ansiosamente.

"Mírame. Mírame, por favor."

Él llega. Es más alto que ella, de cabello castaño, a media melena. Es atractivo, y tiene una sonrisa enloquecedora.

Ella le besa, coge el bolso y lo agarra de la cintura con una sonrisa. Él se inclina hacia ella y pasa la lengua por sus labios, roza lentamente su cuello.

Al otro lado, ella golpea desesperadamente la barrera que las separa. Golpea cada vez más fuerte, más rápido. El cristal tiembla.


Pero ella no la oye, Sigue sonriendo, y sin apartar las manos del cuerpo de él, se da media vuelta.


Ella sigue golpeando, y grita. Las lágrimas caen por la piel de sus mejillas, y aulla tan fuerte que se hace daño en los oídos. Las manos le duelen, los nudillos le sangran. Grita, y grita, y grita en vano durante unos segundos que parecen una eternidad.

La puerta se cierra.

El cristal no se rompe.



Imagen de http://www.akomander.com

07/04/2010

Fuck



I'm just speaking my mind out.

I don't want to be ordinary. I have never been ordinary, I've always been weird. But there are several types of weird: talented weird and talentless weird. People who are just weird, and will never achieve anything. That's the type of weird I don't want to be.

I'm 21 and I already feel stuck. I'm about to graduate from college, and I already hate the future that awaits me. Because, to be honest, I don't want to be ordinary. I don't want the job, I don't want the routine. I want to run away. I want to live somewhere else, be free. Sometimes, living somewhere where you know no one can be so liberating. And eventually, you start a life there. And it comes back.

The truth is, I'm 21 and my life is boring. No drugs, no adventure, no anything. I would like to live a little. The truth is, the only genuine thing in my life lately is pain, and now it's fading and I don't want to let it go. The truth is, I'm afraid of death. Of real death and of death of the soul. I don't want to die without a few scars. I also want to leave a mark in the world, something to be remembered by when I'm gone. The truth is, you need talent for that. And I'm starting to doubt I have enough.

I used to have so many ideas during a single day that it could drive me mad. I did not pay attention in class. Now they're gone. I have to find sources of inspiration, and I haven't even written a book yet. I have writer's block. My whole life has writer's block. Maybe it is just that, like Baudelaire, I don't want to live in this world anymore. Unfortunately, there's nowhere else to go.

22/02/2010

Demonio

La gente ya no cree en los demonios.

Prácticamente, pocas personas temen el poder de los demonios en la Tierra. Ya nadie se acuerda de nuestra existencia.

Belcebú, Satanás, Lucifer... cuando los humanos escuchan esos nombres, creen que es un recurso literario.

Semyazza, Samael, Belial, Azazel... ya nadie recuerda el poder que estas palabras invocan.

Pero seguimos aquí. Caminando entre vosotros. Escondidos en cuerpos como los vuestros.

Y somos muchos.

Os observamos. Disfrutamos con vuestro olvido.

Los seres humanos habéis asumido el mal como parte de vuestra existencia. Os lo atribuís a vosotros mismos. Algunos de vosotros, incluso estáis orgullosos de vuestras fechorías.

Nosotros nos divertimos a vuestra costa.

He de reconocer que algunos de los de mi especie están de vuestro lado. No me refiero a los ángeles, no. Hay demonios que buscan la expiación, que buscan volver del destierro. Hay demonios que os aman. Hay demonios que quieren salvar a la Humanidad.

Nosotros, no.

Tomamos formas atractivas, formas inofensivas, formas inocuas, y os manipulamos desde ellas. Os hablamos con palabras de inocencia.

Y nos creéis.

Y así tejemos nuestra red. Pronto, os controlaremos a todos.

Hasta entonces, guardamos silencio.

23/09/2009

Belleza


[El sonido de la televisión no puede amortiguar las voces del salón. Un par de sofás abandonados, una mesa de comedor, varias sillas y un par de rostros frente a frente]

<<Ese fue el día en que me dí cuenta de que... había una vida entera detrás de las cosas... y una fuerza increíblemente benévola... que quería decirme que no hay razón para tener miedo... nunca. Ya sé que el video es una pobre excusa. Pero me ayuda a recordar. Necesito recordar. A veces hay tantísima belleza en el mundo que siento que no lo aguanto, y que mi corazón se está derrumbando...>>

- Tienes que pensar en positivo.
- Pero, ¿qué coño eres, un jodido libro de autoayuda? No me vengas con esa mierda.
- No soy un libro de autoayuda. Es una filosofía de vida bastante simple y bastante efectiva. Si crees que las cosas mejorarán, probablemente lo harán. Llámalo karma, si quieres.
- Lo que te decía, un puto libro de Jorge Bucay. El poder del ahora. Decir lo que importa. Basura, al fin y al cabo. Todo eso de ser positivo no funciona nunca.
- Bueno, pues piensa en negativo. ¿Crees que tu vida va mal por eso? Desafía a Murphy, di que no podría ir peor, y descubrirás que tu vida podría tener mucha más mierda de la que tiene.
- Eso empieza a gustarme más. Sigue.
- La venganza de Murphy es rápida, certera y dolorosa. Así que deja de autocompadecerte y sal del agujero de una vez, que estás de un pesado que asustas.
- ¿Que yo estoy pesado? Has sido tú la que querías hablar conmigo sobre el tema.
- Porque sé que era importante para tí. Pero debería haberme callado, por lo que parece.
- ¿Importante? Era muy importante. Era mi vocación, mi pasión, mi arte, mi... en fin, no espero que lo entiendas.
[Ella pone los ojos en blanco]
- Claro que lo entiendo, simplemente tienes que entender que no lo hice a propósito.
[El tono de él se vuelve tajante]
- Has destruido algo que amaba. Lo has destrozado por completo. Y encima tienes cojones de decirme que piense en positivo.
[La voz de ella sube un par de tonos]
- Oye, ególatra histriónico de...
[De repente, un sonido fuerte del exterior. Como un tiro, como una explosión]
- ¿Qué ha sido eso, ha sido la tele?
- No, parecía de fuera.
[De nuevo, ruido de explosiones. Las dos figuras se levantan entre alarmadas y curiosas y se dirigen hacia el balcón. Fuera, hay fuegos artificales. Sin mediar palabra, se sientan y los observan fascinados. Después de un par de minutos, él se atreve a hablar]
- ¿Quieres un cigarro?
[Saca una cajetilla, y se enciende uno. Le ofrece otro a ella y se inclina para encenderlo con el extremo de su cigarro, que cuelga de su boca brillando en la oscuridad. Es un instante intenso, casi parece un beso. Fuman mientras siguen contemplando el cielo en silencio hasta que termina el espectáculo de fuegos artificiales. Sin dejar de mirar el cielo, él comenta]
- Qué bonito era... [pausa] Ha sido un verano tranquilo. Supongo que este regalo repentino significa que el verano ha acabado.
- Si, volvemos a la rutina...
[Él la mira directamente a los ojos]
- Me he pasado un poco, ¿verdad?
[Ella se ríe]
- Sí.
- La verdad, echaba de menos las discusiones de pareja, ¿tú no?
- Sí. Juro que te compensaré de alguna manera.
- ¿Compensarme? ¿Estás colgada? Era una simple taza, una taza pintada a mano. No hace falta que hagas nada.
[Ella sonríe triunfante]
- Luego admites que estabas exagerando.
[Él le devuelve una mirada mezcla de advertencia y provocación]
- No empecemos...
[Ella se ríe]
- Si, mejor que no empecemos, vaya que tengas que darme la razón...
[Al tiempo, se levantan y entran al salón de nuevo. Ella apaga la televisión con el mando. Apagan sendos cigarrillos en un cenicero y se dirigen hacia la puerta]
- Vaya a ser que te obligue a pintarme una taza igualita, lista.
- Ya quisieras... no puedes obligarme.
- Pero puedo intentarlo.
[Él le hace cosquillas mientras desaparecen por la puerta. Se escuchan risas mientras la luz se apaga.
Telón]

31/08/2009

Historia de un gato


Aquella noche, el gato estaba observando. Cada noche, sentaba su majestad azabache encima de la cama de su dueña y la observaba con sus enormes ojos esmeralda.
Su dueña tenía una apariencia extraña. Estaba prácticamente calva para los estándares gatunos, salvo por una mata de pelo demasiado largo en la cabeza, y siempre se masacraba el escaso intento de vello que tenía en el resto del cuerpo. Hablaba, sola, todo el tiempo, al contrario que el silencioso felino que apenas maullaba de vez en cuando para atraer su atención; llenaba la casa de olores químicos bastante desagradables para su olfato (óleos, detergentes...) y, al contrario que todos sus vecinos, no miraba nunca esa caja extraña de la que salían ruidos y sonidos. El gato lo sabía porque todas las noches saltaba de terraza en terraza y espiaba a sus vecinos y se comía sus plantas porque le limpiaba el estómago. También visitaba a cierta gata rubia cuando la llamada de la selva lo reclamaba.

Cuando el gato había llegado a aquella casa, el mundo le parecía un lugar hostil y peligroso. Su vida de cachorro callejero había sido la de todo cachorro callejero: hambre y peleas. Con apenas un par de meses, la pintora del aro en la nariz y los bucles rebeldes lo había recogido de la calle, porque, según ella misma se dijo, daba casi tanta pena como ella. La joven pintora, recién abandonada por su amante, buscaba un alma afín, abandonada como ella, aunque fuera felina. Al llegar a la casa, el cachorro, que no era ajeno a los sentimientos que flotaban en el aire, percibió una vida y una personalidad caóticas. Al principio, comía poco y dormía mucho, pero en unos días se recuperó e hizo lo que todo cachorro mimado haría: jugar, corretear, subirse a los sofás y a las camas... Poco a poco, la energía caótica de la casa se fue transformando en algo más creativo, y las vidas de ambos habitantes se fueron tranquilizando. La entropía seguía reinando en la casa, pero sin el toque de tragedia inicial. Ahora era adulto, y su personalidad se había vuelto calmada y misteriosa. Al menos para los humanos. Para los gatos, era un macho bastante callado y serio.

Aquella noche reinaba agitación en el cuarto. Encima de la cama, peligrosamente cerca de las uñas del gato, se encontraba un montón de ropa desechada, y más volaba en aquel instante en la misma dirección. El gato lo contemplaba todo tumbado sobre la almohada.
- Ay, joder, ¿qué me pongo, Dalí? Estoy tan nerviosa que creo que todo me sienta mal.
La pintora del aro en la nariz sacó un par de vestidos del armario y le miró.
- ¿Tú cúal prefieres, el azul o el negro?
Dalí levantó la cabeza de la almohada y la contempló largamente antes de soltar un escueto maullido, que traducido al castellano podría haber sido un "Por mi como si sales desnuda" o un "Nada como un buen pelaje".
- Claro, a ti que te voy a preguntar, gato vudú, tu siempre preferirás el negro... es que eres negro, sin animo de ser racistas. Pues me voy a poner el azul, gótico de los hocicos.
La pintora bajó la cremallera de un vestido azul eléctrico y se lo encasquetó rápidamente.
- Ahora unos aros de plata, la raya de los ojos y lista. Ah, y el perfume, que no se me olvide el perfume. ¿Tú que piensas de la bisutería, Dalí?
El felino volvió a apoyar la cabeza en la almohada y le devolvió una mirada de aburrimiento.
- Bueno, nunca fuiste fan de los cascabeles, que es la bisutería gatuna de última moda, así que...
Se perdió en el baño unos minutos y salió apestando a uno de esos olores que hacían que su gato siempre arrugara el hocico.
- Lista. Me voy. Te quiero mucho.
La pintora se inclinó sobre su gato y le acarició el morro con su nariz.
- Prometo ser buena. Y si vengo acompañada, más te vale bajarte de la almohada en cuanto entremos, vayas a estropear la atmósfera romántica, ¿entendido?
Dalí ronroneó, cosa que rara vez hacía ya, y comenzó a desperezarse.
- Deseame suerte, ojos verdes.
Acto seguido, apagó la luz. Segundos después se escuchó cerrarse la puerta de la casa. Dalí bajo de la cama de un salto y se asomó a la ventana.
Definitivamente, la llamada de la selva lo reclamaba esa noche.